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miércoles, 15 de octubre de 2008
la ley de la atracción
Se trata de un postulado muy simple, y se expresa más o menos así: uno atrae lo que desea. No es la primera vez que escucho este postulado.
A ver, qué desean las personas además de dinero y conseguir el amor de su vida; bueno, si, estoy siendo cruel, parcializado y escéptico pues resulta que mi alter ego es así, cruelísimo, y al parecer ha logrado mucho de lo que se ha propuesto: soledad absoluta, silencio demoledor, además de lejanía y ausencia de si mismo. No lo culpemos por eso, George siempre busca algo que no sabe que es pero que lo sabrá una vez que lo vea, solo le preocupa estar demasiado viejo.
Pero eso es mentira, porque George es inmortal y no le preocupa la edad, ni los años, ni los días, ni las horas, ni los segundos que se deslizan por su piel de lagarto.
Porque eso es lo que es, una lagarto, largo y verde-plomizo que solo abre la boca para sacudir su lengua, o agitar su enorme cola sin preocuparle lastimar a quienes se encuentren cerca de él.
Y en realidad George mira de reojo y se ríe, un poco festejando la travesura, un poco inflando el pecho de alegría y algo de compasión. O lo peor, la divergencia mental, esa en la que no sabe si ya transcurrieron dos minutos o treinta cuatro horas y al final se pasa el día o la noche pensando en como debería ser para atraer eso que dice desear.
En fin.
sábado, 4 de octubre de 2008
Leonardo
Cuando supieron que llegaría al mundo, se armó un alboroto en casa de mamá, sus hermanos y hermanas recibieron la noticia “con pinzas”, en su lugar, los abuelos, se alegraron tanto que intentaron regresar de su viaje de vacaciones en que se encontraban. Sus hijos no lo permitieron.
Al contrario, en casa de papá bailaron toda la madrugada y terminaron desayunando a la hora del almuerzo. Mataron a los cinco patos que el tío Javier cuidaba y alimentaba con esmero, para la bienvenida de los familiares que vendrían de todas partes del país para la próxima La Navidad.
Es verdad que nadie me esperaba pero hubo fiesta como si ya estuviese dando pasos por la toda la casa, y de pronto, los hermanos y amigos de papá se convirtieron en mis tíos. Y las hermanas de mamá comenzaron a coser botitas y chompitas, rosados o azules, dependiendo de lo llegase.
Algunos meses después, ya recién salido de la puerta de horno, mis viejos se hicieron una pregunta importante: “¿y ahora, qué nombre le ponemos?” Tanta había sido la emoción de los padres primerizos que no habían pensado en el nombre de su crío.
Escogieron Leonardo, apresurados para llenar la partida de nacimiento, quién sabe por qué; nunca he sabido la verdadera historia sobre el origen del nombre, pese a haberla preguntado miles de veces, en reuniones familiares, en las navidades, en los cumpleaños, en los almuerzos.
Y cuando me han hecho la pregunta a mí, nunca he podido dar la respuesta que me gustaría, pues no la sé.
En alguna ocasión me dijeron que mi nombre había sido en honor y memoria de algún antepasado famoso y exitoso, del que luego de hacer las investigaciones correspondientes he descubierto que el nombre del susodicho era William y que hablaba un idioma ya desaparecido de la faz de la tierra y que Leonardo fue un segundo nombre que escogió para huir de la ley.
Otra historia que también me contaron es que mi nombre lo escogieron para hacer referencia al grandioso pintor, médico, inventor y científico Leonardo Da Vinci.
Así, viví engañado por muchos años, contándoles la misma historia a todos los amigos que fui conociendo durante tantos años, primero en la primaria, luego en la secundaría, en la academia y finalmente en la universidad. La mayoría respondía con entusiasmo y compartían mi alegría, pero en el fondo siempre supe que no me creían pues yo no se pintar ni mi nombre con una brocha gorda.
Hasta que un día me contaron la verdad. La misma que les referí al inicio, no sabían que estaba en camino y fue lo primero que se vino a sus cabezas a la hora de firmar el acta de nacimiento.
No se ustedes, pero a mi me gusta esa historia. Y Leonardo, es solo uno de mis nombres.
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