- ¿Por qué ya no hablamos?
- ¿Es una adivinanza?
- No, no lo es. Pregunto porque ya casi nunca nos decimos nada; estamos uno cerca del otro, pero ninguno dice nada, ¿no te inquita eso?
- No.
- A mi sí, me molesta ese silencio nuestro, tan nuestro por cierto, porque si recuerdas bien nos conocimos una madrugada hace ya más de quince años.
- Me acuerdo, éramos dos amebas aún... lo recuerdo y me da risa.
- ¿Por qué ya no hablamos?
- De repente porque nos han comido la lengua y lo único que se transporta entre nosotros son nuestros pensamientos.
- De repente porque estamos...
- ¿Dormidos o muertos?
- No, yo creo que estamos despiertos, demasiado quizás. Lo sé por esas gotitas de agua que se amontonan dentro de tus ojos y se van rebalsando hacia fuera, ¿ves?, mira – pasó un dedo por su mejilla y le mostró el brillo de su lágrima.
- No son lágrimas, bueno si, pero no estoy triste, es todo lo contrario, demasiado feliz, eso es, si, eso es.
- Pero, ¿por qué no hablamos?, ¿por qué no nos decimos lo que sentimos?
- Yo también te voy a extrañar.
- Yo también pienso que lo pájaros chillan demasiado fuerte.
Esa tarde, mientras almorzaban mirándose sin mirarse, hurgaban dentro de sí mismos las palabras que querían decirse y nunca se dijeron. Quizá fue lo mejor, quizá de esa forma absurda y despreocupada les quedó, aún, algo a que aferrarse; una tontería con la que mantener las esperanzas, aun sabiendo que con el tiempo estas se desvanecerían y quedaría de ellos solo una mera imagen de algo, de un aquello, de un de repente y de un quizá; aun sabiendo que con cada palabra no dicha estarían mucho más lejos y, sin embargo, estarías mucho mejor de lo que nunca estarían.

