viernes, 18 de septiembre de 2009
oscuro corazón
entonces dónde sumerjiré mi agotada cabeza.
qué bestias me rondarán
qué absurdas lagunas mentales surcarán mis vacios
qué sucederá con la tierra de nadie; no puedo permitirme un suplicio tan bajo
si apenas dispongo del tiempo suficiendo para llorar
cómo anoche que recordé mis lágrimas y las dejé inundarme
llenarme otra vez con el fuego oscuro
incendiarme, bestias deformes riendo a mi alrededor.
y si no regresan mis delirios,
dónde esconderé mi rostro lleno de verguenza
qué cuerpos y otros deseos podré visitar
entonces elijo la muerte lenta,
las flores marchitas y las solitarias noches
rondarán, entonces, bestias rojas y azules,
plantas carnívoras arrancarán mis ojos
y veré caer la nueva noche
devorarán mi oscuro corazón
te veré partir sobre las nubes los deseos
de aquellos que visitan las cárceles
yo mismo llevaré rosas a los ataúdes
mientras espero el regreso de mis delirios.
viernes, 17 de abril de 2009
Maria
Tendría 19 años cuando conocí a María. Ella era delgada y con un increíble complejo por su delgadez, lo cual era raro pues, hasta dónde llega mi capacidad de compresión, las mujeres siempre quieren ser delgadas. Pero María no era flaca, era simpática y agraciada, de risa fácil, los ojos marrones y habladora.
Mantuvimos una amistad muy curiosa; tocábamos la guitarra muy mal y nunca terminamos el curso y tampoco nos presentamos al examen final que consistía en un recital "Si la reina de España muriera...". El día que se fue me dictó su número y me dijo "cualquier cosa que quieras, solo llama". Yo le creí.
La llamaba cada cierto tiempo, algunas ocasiones la visitaba en su casa y su mamá nos servía gaseosa con galletitas; otras ocasiones María me visitaba para que le de clases, ya sea de economía o de matemáticas. Nunca fuimos al cine o a comer, por esos años salir de paseo era un lujo que pocos podían darse, vivíamos a la sombra de nuestros padres, bajo sus reglas y del dinero que pudiesen regalarnos; en su lugar la invité a un baile en mi facultad.
Digamos que la rutina continúo por algún tiempo sin que gran cosa en nosotros cambiase, aunque sabíamos que todo había cambiado.
Algunos meses después, una tarde, la llamé y me dijeron que demoraría en llegar, en la noche volví a intentar hablarle y me dijeron que ya estaba durmiendo. A la mañana siguiente marqué su número y respondieron, luego de una larga pausa, que ya se había ido a la Universidad.
No sé bien por qué, pero no la volví a llamar en siete años; ni yo a ella ni ella a mí. En todo ese tiempo no nos volvimos a ver ni por casualidad.
Recuerdo que el aire acondicionado de la oficina estaba malogrado y se sentía un poco de bochorno, pese a que era invierno. "Cualquier cosa que quieras, solo llama". En los últimos siete años, el corazón me lo había aplastado en dos ocasiones, y había atravesado una de mis grandes crisis de las que me reponía a fuerza duchas heladas y constante café al que terminé adicto. Digité el número de su casa; curiosamente nunca lo he olvidado, ahora mismo lo recuerdo y lo leo mentalmente.
- ¿Alo?
- ¿Si, quién habla?
- Buenas noches, señor, se encuentra María.
- ... quién le llama...
- ¡Ah!, mi nombre es Jorge, soy un amigo de la Universidad
- Ya...
- ¿Se encontrará?
- No, está de viaje.
- Ah carambas y, ¿cuándo está regresando?
- Mmm – silencio – ya no vive aquí, se ha ido...
Ya no tuve el valor para preguntarle dónde vivía o si había forma de comunicarme con ella, le di las gracias y colgué. Indagué, por otros medio, y logré averiguar que se había casado con un español y que vive allá, en España, en una provincia pequeña a cuatro horas de Barcelona (¿o era de Sevilla?). Necesitaba hablarle, necesitaba hablar con quien sea, solo hablar, contarle, por ejemplo, que esa mañana había desayunado un café con leche y pan con mermelada, sentí la espantosa necesidad de estar sentado en una mesa con María, bebiendo un café.
Casi nos veíamos, ella contándome sobre la nueva tierra que le había acogido, de su nueva vida y yo, preguntándole si había aprendido a tocar la guitarra, porque yo no lo había logrado... ¡Dios!, necesitaba hablarle, escuchar su voz.
Y ahora, en este instante, cuatro años después de aquella última llamada, no puedo decir que la extraño, no, no la extraño, apenas visualizo su cabello negro pero no logro enfocar su cara y, sin embargo, no puedo olvidar el número de su casa, 487-2092. Sin darme cuenta, cada cierto tiempo repetía ese número en mi cabeza y me arrastran los pensamientos "cualquier cosa que quieras, solo llama" yo le creí.
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miércoles, 11 de marzo de 2009
De recuerdos y soledades
La mujer, mientras canta, cierra los ojos y eleva las manos, finge felicidad o un estado similar. Se alimenta de recuerdos que le ayudan a mantenerse en pie en el escenario. Los recuerdos se le agotan y, mientras palabrea las letras de la canción, presiente el final de su actuación.
Una vez en la calle, aprieta ambas manos para calentarlas. Siente frio, o cree sentirlo; su cuerpo tiembla y por algunos breves instantes, siente que se desmayará, que perderá la consciencia, que la gravedad de la tierra le vencerá y le arrastrará a sus entrañas. Pero nada de ello sucede.
Continúa su paso por varias calles que se le antojan desconocidas, se aleja y acerca a los altos o oscuros edificios para apreciarlos mejor. Piensa que debe regresar al teatro que debe terminar la función.
Pero no lo hace. Se recuesta en una banca de un parque y se cubre con periódicos y cartones.
Prefiere soñar.
viernes, 17 de octubre de 2008
Despedida
viernes, 10 de octubre de 2008
lápiz
martes, 16 de septiembre de 2008
sonrisa
Todavía conservo la sonrisa retorcida de siempre. He intentado deshacerme de ella y no lo he logrado.
Quisiera que me recuerdes con una sonrisa bella, sin embargo se que no será así, lo único que has visto de mi ha sido mi sonrisa retorcida.

