Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de marzo de 2009

Breves

¿Herido de muerte?,
o, ¿herido de vida?

-----

Mi corazón es una lápida
hirviente al sol;
Mis ojos, calcomanías expuestas
a la muerte.

-----

Y, ¿piensas en rosas violetas o en violaciones rosas?

-----

Y luego, uno alberga esas otras tantas esperanzas.

-----

Es una flor de jazmín, con su aroma
arrastrado por el viento.
Y de pronto, me encuentro sin palabras
arrastrado por los pensamientos.

lunes, 2 de marzo de 2009

De papel y rosa

Te deseo como a la inmortalidad. Como un deseo arrojado a un pozo de plata, con el vértigo de la caída de millones de años. Te deseo cuando los ratones muerden las patas de mis sueños y tú, elevándote con tus inmensas alas a la eternidad, a donde las aves no pueden soñar los mismos árboles... ¿Qué existe después de ti sino el olvido y el mar negro como tus ojos oscuros?, ¿qué eres sino la misericordia que me deja respirar? Hasta donde ya no puedo gritar sin más aliento que el tuyo. Así te deseo: como una vela extinguiéndose e iluminando por la ventana de tu boca y de tu cabello brotan rayos de estrella luminosa. Así te deseo.

 

En el borde de tu piel se recrea el universo con todos sus astros y con todas sus constelaciones, con tu belleza de papel, con tus ojos dormidos mirándome todo desde dentro hasta afuera, conmigo desvanecido en un suspiro y al borde de tu deseo, deshecho en los confines de los planetas rojos, de los océanos de tigres arañando sus jaulas y sus barrotes y sus colmillos agrandados por el miedo de las aves de plumaje brilloso. Te deseo. Entonces todo se hace manos, cuerpos, y sudor y lento caminas hasta donde nadie puede mirar y te detienes deseosa y como una diosa de papel te abandonas a donde la lejanía es mas arte que la esperanza y más puro que los diamantes. Una lámpara derramando su luz sobre nuestros cuerpos redondos, las sombras cayendo sobre las paredes. Y la piel.

 

Te deseo como la rosa al capullo de mariposa.

 

Entonces, no hay excusas que sobrevivan.

 

¡Nada! Ni el murmullo del agua escabulléndose por sobre los bordes de la lámpara, nada, ni las lágrimas de otoño trepadas sobre las montañas gélidas, distantes, ni tus ojos, ni tus piernas en torbellino, ni el ave luz con el pico entre abierto y sediento, ni la humillante lengua de espinas de rosa de papel y rosa; y tú de rosa, con tus ojos de rosa, con tus manos de espina, con tu cabello de pétalo rojo, con tu cuerpo de tallo y tus pies de miles de semillas regadas por el mundo, hasta las entrañas de la tierra. Con tu alma de papel carmesí flotando liviano sobre las nubes.

 

¡Nada!, Ni el silencio apretado entre los dientes, ni tu boca de miles de labios besados en la noche, ni el deseo, ni la cama, ni los silencios, ni los murmullos de las sombras derramadas sobre las paredes, ni tu cuerpo rabioso, ni tus ojos de constelaciones de miles de estrellas hinchadas de tanta noche. Nada, ni el amor. Solo el deseo, como un animal encerrado y herido; con nuestros cuerpos agitados derramando lágrimas de rocío de tus ojos de pétalo y las espinas se repiten una y otra vez aguijoneando las carnes.

 

Luego. Siempre tenemos que continuar.

 

El deseo acabado, robado a los retazos de lo que queda de mí, a los silencios de piedra fría, a los gritos de papeles mudos y amarillos de tanta vejez, de tanto anciano muerto. Como muñecos de papel o como una rosa deshojada de tanto amor, de tanto deseo aplastado en la noche, de tanto papel dibujado de espina, de tanto jardín, de tanta habitación de mediana luz, de tanto espíritu escapado de los huesos y de las carnes. Así, el deseo comienza a propagarse hasta las paredes y las habitaciones de rojo (o de rosa). Y tú recuerdo perpetuo.

sábado, 25 de octubre de 2008

Monstros y Sonrisas (Vol. 06)

Rosa es tan flaca que cuando hacíamos el amor pensaba que desaparecía debajo de mí.

Nos habíamos conocido en el cumpleaños del hermano de mi amigo. Aquella noche solo cruzamos un par de palabras pero intercambiamos emails. Luego la comunicación electrónica fluyó natural y sin preocupación alguna.

Con el tiempo nos hicimos amantes.

Comenzamos a vernos los viernes y los sábados, poco sabía de ella y estimo que poco sabía de mi. Solíamos conversar sobre temas imaginarios o reales. Decíamos, por ejemplo, que nos casaríamos y tendrías tres hijos; en realidad ella quería solo uno y yo dos, así que decidimos sumarlos; queríamos comprar un departamento en La Molina y allí hacernos viejos, llenarnos de nietos y escribir un libro sobre una guerra imaginaria, pero con mucho amor entre los personajes principales. Yo nunca conocí La Molina y poco me preocupé por saber sobre los mejor lugares para comprar departamentos; decíamos, también, que haríamos un viaje a África y un peregrinaje a Jerusalén, la Ciudad Santa.

Rosa llevaba el cabello corto y siempre sujeto con una vincha. Sus dedos largos se me clavaban en la cabeza cuando me acariciaba. Su cuerpo color canela lo movía con gracia y suave; odiaba las faldas y era inconcebible verla acicalándose con su pequeño espejo de bolsillo.

Me hablaba sobre los mundos desconocidos a dónde viajaba. Ella era doctora y sabía mucho sobre medicamentos. En sus noches de guardia y cuando yo debía viajar al interior del país, me cuenta, se inyectaba una de sus medicinas para relajarse. Le tuve respeto pues yo jamás me atrevía a la anestesia – como ella le llamaba; ni siquiera el último día que nos vimos.

Tal vez hubiese preferido algún analgésico, pues nuestras palabras surgieron rabiosas y sin compasión. Tal vez hubiese deseado algún tipo de indicio, tener la certeza sobre nuestras decisiones y nuestra repentina despedida.

Éramos solo un par de amantes locos que intentaban engañar a la soledad. Al inicio nos veíamos solo los viernes y algunos sábados, finalmente, los fines de semana eran nuestros, pero no eran días suficientes y los alargábamos todo lo que podíamos. Vivimos juntos tres largos y bellos meses. Ninguno supo nunca el origen del otro. Y no importó.

Es porque hay personas que aparecen en nuestras vidas solo para desaparecer nuevamente.