domingo, 31 de mayo de 2009
musa
no he dormido en otra cama, simplemente no he dormido.
¿cuándo me convertí en un espectro?, preguntaba frente al espejo, esperando que la imagen me responda pero no lo ha hecho, me observa y copia mis movimientos; cierro un ojo y el otro lo hace, levanto la mano izquierda y él hace lo mismo.
recuerdo haber dormido alguna vez, "hace catorce meses", me digo, pero en realidad no sé si es cierto, mi memoria es frágil y se desvanece constantemente.
recuerdo haber despertado. pero antes de aquel despertar recuerdo haberle besado y que le he abrazado. en ese instante que no hubiese querido que se termine, sus brazos alrededor mio y mis brazos alrededor de su cuerpo, su aliento en mi cara como una mañana fresca. recuerdo haber vuelto a abrazarla.
pero desperté; abrí los ojos y estaba echado en el suelo, hacía frío, la ventana abierta, el sol como una cosa redonda, amarilla y naranja, en el cielo, sin que irradie calor.
no he vuelto a dormir y estoy tan cansado, sin ti no hay razones para continuar, por eso eres mi musa.
martes, 14 de abril de 2009
Breves
sábado, 11 de abril de 2009
olvido
De chiquito solo le contaban historias de muertos y cuando cumplió treinta y dos años pensó, y lo creyó firmemente, que en poco se moriría de una enfermedad cruel y salvaje que le haría agonizar por un breve período en una cama de hospital o, peor aun, en su propia cama. Sin embargo, nada de eso sucedió, al contrario vivió mucho tiempo, tanto que incluso olvidó de cuando era chiquito y de las historias que le contaban para que se duerma, pero él poco dormía, ni siquiera cuando cumplió treinta y dos años, pues tenía miedo, miedo de morirse solo y sin nadie que le acompañe. Entonces, inesperadamente, se había enamorado de una chica flaquita y de nombre Jazmín y cada día y cada noche pensaba en ella y le escribía poemas y soñaba que se veían a escondidas, cerca de las escaleras a dónde a todo mundo se le había prohibido acercarse por tratarse de una escalera escalofriante que solo inspirata las más rebuscadas historias, pero se veían a escondidas. Y así vivieron muchos años juntos, tantos que un día, ya de muy viejo, descubrió que Jazmín ya le había abandonado y se había casado con otro hombre y que ya no le recordaba y, entonces, él pensaba en cuando era un pequeño a quién le contaban historias fantásticas que nunca podía olvidarse hasta cuando cumplió treinta y dos años y se dio cuenta que su vida sería contar historias y entonces, en ese instante, su vida cambio mucho, tanto que un día no tuvo más historias que contar...
sábado, 4 de abril de 2009
Paz
La última vez que dormí tranquilo, sin ese horrible dolor dentro de los huesos y sin ese calor pegajoso que todo lo ahoga, fue una noche en que no dormí en casa.
No suelo dormir fuera de casa. De dondequiera que esté siempre regreso a casa, así sea muy tarde, y me recuesto con la ropa para dormir aunque sea por cinco minutos; luego me levanto, desayuno y continúo con mi vida.
Decía, aquella última vez, no dormí en casa, y apenas si dormí. Pasé la noche en una habitación mucho más grande que la mía, con una compañía que, en ese momento, se me antojó perfecta. Solo nos recostamos y hablamos abrazados sobre el frío de esa noche y de cómo iba cambiando el clima, oímos a los pandilleros enfrascarse en una pelea mortal y, luego, las sirenas de los patrulleros acercándose, el reventar de las balas y los gritos de algunas mujeres. Luego se fueron. Silencio.
Cinco días después, aquella relación había terminado. Solo había soportado la minúscula suma de veintisiete días. No quedó nada, ni siquiera una despedida.
Patéticamente, dejé de creer hasta en lo más elemental de la vida, "pero, no seas gil, seguro era una loca, estoy segura que era una loca..." me decía una buena amiga a la que poco le creí y de quién me alejé por motivos qué no vienen a cuento.
Sin embargo, esa infame noche, allí mismo, descubrí la verdad sobre mí. El destino me había abierto los ojos y se había trazado sin que lo advirtiese; de pronto, todo estaba demasiado claro; tanto, que me costaría demasiado explicárselos. La verdad incólume se había revelado ante mí y se abría como una flor joven y bella.
Muchos años después, hoy, precisamente ahora, aquella claridad continúa vigente, nada la ha opacado, nada ha hecho que se desvanezca y, al contrario, poseo muchas más certezas que desde aquella noche silenciosa. Y de aquella persona que se cruzó en mi vida, no quedó más que el tenue susurro de su recuerdo.
Vida. Si.
Ahora estoy más vivo que nunca, mucho más cuerdo y sensato, mucho más lleno de interminables situaciones a las que podría nombrar como “infelizmente felices", como las que ahora me provoca J.
J. es alta y delgada, de ojos serenos y manos firmes, el cabello naranja y el aura de un hada; el solo hecho de atravesarse delante de mí es suficiente para estremecerme y hacerme girar la vista hacía donde ella camina. La busco y la espero. Y nada nos une. Hablamos dos o tres palabras sin significado, algunas quejas sobre nuestras labores y obligaciones diarias, algunas frases partidas por la mitad y uno que otro paseo por las calles calurosas. Le pregunto si hoy será el día en que podré verla, "hoy no puedo pues, pero mañana si... te lo prometo...", me miente indistintamente a cualquier hora del día. Pero ese mañana nunca llega porque siempre existen ocupaciones mucho más urgentes y más inmediatas.
Lo que sea que haya dentro de mi -en el fondo de mi ser- se hincha de esperanza, el solo hecho de pensar que mañana podría ser un mejor día me anima y puedo respirar un poco más, inflar los pulmones, abrir la boca y decirle que la esperaré, que siempre la esperaré, así otras mujeres se crucen en mi vida y J. se dedique a romper muchos más corazones, yo la esperaré. “Los corazones sirven para romperse”, pienso, “pero no se puede romper lo que ya está roto...” concluyo.
Algunas noches logro dormir unas horas, otras, apenas unos minutos, pero ya no importa. Igual la quiero, incomprensiblemente la quiero, descabelladamente la quiero.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Breves
lunes, 2 de marzo de 2009
De papel y rosa
Te deseo como a la inmortalidad. Como un deseo arrojado a un pozo de plata, con el vértigo de la caída de millones de años. Te deseo cuando los ratones muerden las patas de mis sueños y tú, elevándote con tus inmensas alas a la eternidad, a donde las aves no pueden soñar los mismos árboles... ¿Qué existe después de ti sino el olvido y el mar negro como tus ojos oscuros?, ¿qué eres sino la misericordia que me deja respirar? Hasta donde ya no puedo gritar sin más aliento que el tuyo. Así te deseo: como una vela extinguiéndose e iluminando por la ventana de tu boca y de tu cabello brotan rayos de estrella luminosa. Así te deseo.
En el borde de tu piel se recrea el universo con todos sus astros y con todas sus constelaciones, con tu belleza de papel, con tus ojos dormidos mirándome todo desde dentro hasta afuera, conmigo desvanecido en un suspiro y al borde de tu deseo, deshecho en los confines de los planetas rojos, de los océanos de tigres arañando sus jaulas y sus barrotes y sus colmillos agrandados por el miedo de las aves de plumaje brilloso. Te deseo. Entonces todo se hace manos, cuerpos, y sudor y lento caminas hasta donde nadie puede mirar y te detienes deseosa y como una diosa de papel te abandonas a donde la lejanía es mas arte que la esperanza y más puro que los diamantes. Una lámpara derramando su luz sobre nuestros cuerpos redondos, las sombras cayendo sobre las paredes. Y la piel.
Te deseo como la rosa al capullo de mariposa.
Entonces, no hay excusas que sobrevivan.
¡Nada! Ni el murmullo del agua escabulléndose por sobre los bordes de la lámpara, nada, ni las lágrimas de otoño trepadas sobre las montañas gélidas, distantes, ni tus ojos, ni tus piernas en torbellino, ni el ave luz con el pico entre abierto y sediento, ni la humillante lengua de espinas de rosa de papel y rosa; y tú de rosa, con tus ojos de rosa, con tus manos de espina, con tu cabello de pétalo rojo, con tu cuerpo de tallo y tus pies de miles de semillas regadas por el mundo, hasta las entrañas de la tierra. Con tu alma de papel carmesí flotando liviano sobre las nubes.
¡Nada!, Ni el silencio apretado entre los dientes, ni tu boca de miles de labios besados en la noche, ni el deseo, ni la cama, ni los silencios, ni los murmullos de las sombras derramadas sobre las paredes, ni tu cuerpo rabioso, ni tus ojos de constelaciones de miles de estrellas hinchadas de tanta noche. Nada, ni el amor. Solo el deseo, como un animal encerrado y herido; con nuestros cuerpos agitados derramando lágrimas de rocío de tus ojos de pétalo y las espinas se repiten una y otra vez aguijoneando las carnes.
Luego. Siempre tenemos que continuar.
El deseo acabado, robado a los retazos de lo que queda de mí, a los silencios de piedra fría, a los gritos de papeles mudos y amarillos de tanta vejez, de tanto anciano muerto. Como muñecos de papel o como una rosa deshojada de tanto amor, de tanto deseo aplastado en la noche, de tanto papel dibujado de espina, de tanto jardín, de tanta habitación de mediana luz, de tanto espíritu escapado de los huesos y de las carnes. Así, el deseo comienza a propagarse hasta las paredes y las habitaciones de rojo (o de rosa). Y tú recuerdo perpetuo.
domingo, 22 de febrero de 2009
Monstros y Sonrisas (Vol 07)
Es la última hora de clases, Jazmin ya ha alistado su mochila y solo espera el sonido de la campanilla para, al fin, salir a la calle y perderse en la muchedumbre de la calle. La espera hace que la última hora sea interminable.
Durante la noche mi padre me lee historias que se me antojan divertidas. Pienso en Gulliver y quiero ser un gigante.
Luego, el fin de semana inventé un nuevo dulce al que llamé Patito Feo. Pocos se atrevieron probarlo. Entonces descubriría el poder del marketing, en fin. Aquellos dulces de nombre extraño los tuve que comer todos. Y enfermé. Y cuando se lo conté a Jazmin, se rió tanto que por fin tuve que alejarme molesto, ¿se estaría burlando de mí? Luego me llamó y dijo que quería un dulce pero ya no tenía ninguno.
Despierto de madrugada, asomo la cabeza por la ventana y veo a los duendes jugar en el jardín de la casa. Quisiera saltar, correr y jugar con ellos, pero la ventana queda demasiado alta, desde un segundo piso, y podría romperme algún hueso. Solo los miro correr, esconderse tras los arbustos, los escucho reírse a carcajadas. Padre entra en la habitación y exige que regrese a dormir, dice que me estoy riendo demasiado fuerte y los vecinos se están quejando por el ruido. Le explico que son los duendes dientones los que están corriendo en el jardín y que son ellos quienes se ríen escandalosamente. Padre se asoma por la ventana. No ve a nadie.
Regreso a la cama.
Esta vez, este día, durante la tarde, Jazmin me ha dado un beso en el cachete. No recuerdo que otra niña me haya dado un beso en el cachete. Ya no puedo dormir.j
viernes, 6 de febrero de 2009
Naufragio
Asesíname en el vértigo.
La caída en el abismo. Se desprende aquello que no somos, lo que nunca seremos; las huesudas ilusiones cayendo en el hermoso abismos, ocultándose en bosques frondosos, incinerándose en hogueras falsificadas. Los hogares oscuros que habitamos. Habitaciones, almohadas violetas, rosas desperdigadas para el deleite de las aves. Su picoteo acelerado y salvaje.
Ahórcame en silencio, deshazte de mi cuerpo sin vida, de mis manos de muerto, de mi hedor a cadáver. Mírame. Bésame. Ódiame. Devórame sin piedad.
Sobre el suelo se arrastra mi destino, la ira; mi cuerpo se envuelve de risa enloquecida, de placeres innombrables. Y aquella sombra gruñendo, atacando la cima de los árboles, despojándoles las ramas, asesinándole lentamente, asfixiándole, devorándole. Besándole. La mujer serpiente, el niño ángel sollozando, los ancianos demonios deambulado como sombras, como fantasmas o como perros. El dolor, la muerte, la vida. La respiración que se escabulle de tu boca.
Adórame sin palabras. Grita.
Las sábanas revueltas recuerdan que las palabras no nos sirven. Aquello que somos, aquello que llevamos sobre nuestras espaldas. Aquello de lo que huimos sin huir. La soledad curadora, el silencio espectral, el viento alborotando tu cabello, sacudiendo con furia mi ropa. Asesíname. Ámame. Y recuerda.
Amanece en esta casa vacía. No ofrecerte nada, ni siquiera una quimera, apenas un deseo, el insignificante halago de la compañía. Observar absortos el abismo, disfrutar de la caía. Abrazarnos. Tocarnos como los seres abstractos que somos, como acercarse en la imaginación de ambos, soñar, despertar de madrugada. Dejar de dormir, dejar de pensar, abrazarse al abismo, a lo único que nos queda en el mundo, aferrarse a las calles vacías, a contener las lágrimas a pisotear el mundo, a dominarlo con nuestros poderes de brujos, hechiceros rondando el cielo y la noche.
Quiéreme. Extráñame.
El firmamento negrísimo, el incendio en los ojos. Amarte aun sabiendo que existe una forma de evitarlo. Huir, despojarse de aquello que se llama cuerpo, arrancarse el corazón, un puñado de arterias, un manojo de venas y de sangre coagulada. Ofrécelo. Adorméceme, asesíname.
Témeme.
domingo, 1 de febrero de 2009
Clandestino
Aunque delgada, Jazmín tiene bonitas piernas. Me gusta mirarle, me gusta verle siempre que puedo.
Almorzamos juntos cada cierto tiempo. Nunca planeamos nuestros encuentros. Solo el lugar y la hora están definidos.
Siempre es en el mismo restaurante, a las dos de la tarde con catorce minutos, cualquier día de la semana. Pero nunca nos esperamos, nunca sabemos que día irá el otro. No. Así lo hemos convenido, es nuestro juego, es nuestro encuentro aleatorio y fortuito.
La primera vez, hace varias semanas, fue que nos vimos. Se acercó a mi mesa y pidió sentarse en ella ya que no había otro lugar en donde acomodarse. Le dije que no había problema, que se siente. Y lo hizo. No hablamos nada. No teníamos por qué hacerlo. Nada nos vinculaba en aquella oportunidad, nada nos vincula ahora.
Hasta la siguiente semana en que, esa vez, fui yo quien se acercó.
Lo único que nos enteramos el uno del otro fue que el condimento de ese restaurante nos gustaba a ambos y por esa razón es que regresamos siempre.
Así fue que comenzamos a esperarnos.
Nunca hablamos de nada personal. Ni de trabajo, ni de familia, ni de amigos. Ni siquiera nos decimos la verdad sobre nuestras vidas. Solo estamos allí para mentirnos.
Cada vez que nos encontramos nos decimos mentiras, nos inventamos infinidad de historias que ninguno se preocupa por interpelar.
Como aquella vez que dijo ser madre de siete hijos, que estaba separada de su marido y que estaba en Lima visitando a su hermana, que siempre venía a visitarla cada cierto tiempo. O como aquella otra vez en que me contó que trabajaba bailando en un club nocturno y que se pagaba las clases del instituto de esa forma. También me contó, en otra ocasión, que en realidad era una hechicera, que era inmortal, que conocía tantos secretos que nunca le creería si me las contaba. Pero ¿qué creer?
Yo le contaba que había huido de casa, que casi no recordaba mi pasado, que no quería recordarlo, que prefería olvidarlo y que buscaba mi destino con una bella mujer que me ame desproporcionadamente. O le decía que pronto emprendería un viaje muy largo del que tal vez nunca regrese. O le decía que era un policía que estaba vigilando la casa de enfrente, pero que luego de conocerla mi misión había terminado y que aquel lugar me agradaba y por eso regresaba.
Quién sabe cuánto tiempo más pasó hasta que por fin, una tarde, nos cruzamos fuera del restaurante.
Jazmín vestía un pantalón marrón y una blusa blanca de mangas cortas. Nos quedamos mirando por varios segundos, siete o diez, no lo sé. No dijimos ninguna palabra. Solo nos quedamos parados en mitad de la calle, junto a un cajero automático dónde las personas se amontonabas para retirar dinero.
Le cogí la mano. Ella avanzó y nos abrazamos como dos viejos conocidos que se reencuentran, se reconocen y se extrañan, y se buscan.
Pero nosotros no nos buscamos, ni nos esperamos. Apenas nos mentimos clandestinamente. Apenas nos vemos en un antiguo restaurante donde los mozos ofrecen un mal servicio pero dónde la comida es buena.
Nos besamos como si fuésemos un par de amantes que aprovechan los pocos segundos que tienen libres, lejos de los ojos de las multitudes, envueltos en una multitud que nos les reconoce.
Y entonces algo sucedió.
La vida regresó a la normalidad. Nos separamos.
Dejamos de cruzarnos.

