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sábado, 10 de octubre de 2009
de mosa
Entonces dejé de pensar en aquellas cosas extrañas sobre el ímpetu de querer inundar mi casa con lágrimas. Cada noche forzaba la locura hasta el borde del abismo y dejaba que las sucias lágrimas aneguen el piso, inundándolo todo.
Pero olvidé como hacerlo; dejé atrás aquellos cuestionamientos sobre saber o no saber si es importante lograrlo, ¿para qué sirve el saber si no hay necesidad de llorar a cualquier hora?
Entonces dejé de pensar en aquellos asuntos sobre ti y sobre mí, abandoné ese pensamiento en una noche de fango (aquella noche, ¿recuerdas?, cuando por culpa de la garúa se nos enlodaron los zapatos)
Aquellas eran historias para olvidar, para no volver a querer, porque lo que yo deseaba era no volver a llorar, dejar de encerrarme en un lugar y tenderme, y dejar que mi cabeza – y también mi corazón, porque es el corazón el único que me ha acompañado a todos lados – deambule entre penumbras azules y sollozos fucsias.
Y una tarde, hubiese dicho que la querría con todo el ser que aún quedaba de mí, pero J. odiaba las caricias, las flores y los chocolates. Y yo los adoraba, hubiese querido un beso de moza cada día, y le habría dado un beso con sabor a chocolate a cada instante.
Pero olvidé como hacerlo; dejé atrás aquellos cuestionamientos sobre saber o no saber si es importante lograrlo, ¿para qué sirve el saber si no hay necesidad de llorar a cualquier hora?
Entonces dejé de pensar en aquellos asuntos sobre ti y sobre mí, abandoné ese pensamiento en una noche de fango (aquella noche, ¿recuerdas?, cuando por culpa de la garúa se nos enlodaron los zapatos)
Aquellas eran historias para olvidar, para no volver a querer, porque lo que yo deseaba era no volver a llorar, dejar de encerrarme en un lugar y tenderme, y dejar que mi cabeza – y también mi corazón, porque es el corazón el único que me ha acompañado a todos lados – deambule entre penumbras azules y sollozos fucsias.
Y una tarde, hubiese dicho que la querría con todo el ser que aún quedaba de mí, pero J. odiaba las caricias, las flores y los chocolates. Y yo los adoraba, hubiese querido un beso de moza cada día, y le habría dado un beso con sabor a chocolate a cada instante.
domingo, 28 de septiembre de 2008
chocolate
Cada noche, llegando casi a las 10.00 p.m., recuerdo que a ella le gustan los chocolates y, como un poseído, salgo a la calle a recorrer las tiendas en busca de uno.
Escojo uno y lo deshecho, no puedo equivocarme y debo ofrecerle el chocolate perfecto, son raros los chocolares perfectos. Busco, camino. Y lo encuentro.
Lo observo tendido sobre la mesa, esperando el amanecer para entregárselo. Sin embargo, no pasan más de cuatro horas y lo devoro con ansiedad. Y ella jamás sabrá que le compro uno cada noche antes de dormir.
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