miércoles, 10 de diciembre de 2008

La caja

No recuerdo haber visto la habitación tan brillante.
La habitación brillante me provoca lagrimitas y parpadeo. Las cucarachas caminan por las paredes y la mesa y sus caparazones relucen como pequeños diamantes vivientes, veo sus patitas moverse velozmente y sus antenas tiradas hacia atrás; huyen de mi presencia. En su lugar, las moscas son mucha más atrevidas, no huyen tan fácilmente. Agito los brazos para espantarlas y siento que miles tropiezan contra mi rostro, me cubro la boca y la nariz. Desespero y retrocedo.
Es una batalla perdida, son demasiadas y me obligan a correr. Elmer me empuja.
- Puta mare huevón, no la cagues, es ahora o nunca. Además fue tu idea, vamos de una vez.
- Ya, pero deja de joder...
Elmer y yo nos conocimos hace diez años, éramos vecinos cuando aún vivía en casa de Rebeca, la señora que me cuido hasta que me hice mayor. Con él huí a las calles. Y nos hicimos invencibles.
Esta vez amarro la chalina a mi rostro y me acerco. Observo la mugre. Esta vez sí, alargo el brazo e introduzco la mano en el agujero de la pared que está junto al muerto. Las moscas revolotean y se agitan salvajemente. Por un instante siento que pierdo el control pero Elmer me anima a seguir.
Recuerdo la tarde del siete de febrero hace ya montones de años, hacía un calor insoportable, recuerdo que vestía con una short azul y el polo lo tenía amarrado a la cabeza, el cuchillo en mi mano era una extensión de mi cuerpo. Esa fue la primera vez que maté.
Durante las noches que siguieron despertaba continuamente con pesadillas. Teníamos apenas tres meses viviendo en las calles y aun no estaba preparado para ese peso. “Así pasa pues, no seas marica carajo, de ahí se te pasa, vamos a tomar un par de chelas...”. Yo le creí y luego comprobé que siempre fue cierto, con los días, con las muertes inacabables, Elmer siempre estuvo conmigo, acompañándome, haciéndome sentir mejor, animándome a no deprimirme, a continuar con el destino que se tenía preparado para mi.
Allí continué por largos tres minutos hasta que por fin encontré la caja. La retiro con cuidado.
- ¿Esta es? – me pregunta.
- Si.
- Entonces ábrelo pe’ huevón.
Así aprendí a no sentir, a no morir, a que las pesadillas no me devoren. Cada noche Elmer estaba conmigo, diciéndome lo que debía hacer para callar las voces. Yo las callaba con otros sacrificios. De eso ya diez años.
Abro la caja, observo el cuchillo con la empuñadura de oro y la hoja brillante como un espejo. Le digo a Elmer que la había visto al viejo en la casa de empeño pero que el señor de la tienda no se la quiso comprar al precio que le pidieron por ella. “Es el cuchillo más hermosos que he visto en mi vida”, le digo a Elmer que mira entusiasmado el arma en mi mano.
- Cuando maté al hombre simplemente no puede coger el arma sin que estuvieras conmigo – Elmer ríe y me da un palmazo en el hombro.
- Ta’ bien carajo, te pasaste ah.
No recuerdo haber visto la habitación tan iluminada. Contemplo un instante más tan magnífica arma. La levanto, la agito en el aire e imagino deslizándose sobre un cuerpo desnudo, sobre la piel virgen.
Ni siquiera siento la presión de los huesos o la carne al introducirse en el pecho de Elmer que abre los ojos hasta casi desorbitarse. No grita, no dice nada. Ni siquiera siento su respiración forzada, y es como si de pronto se estuviera durmiendo porque le veo cerrar los ojos, parpadear y exhalar.
Las voces por fin se calman.

7 comentarios:

Remembranza dijo...

Un puñal Mágico...
Un abrazo

alma dijo...

Iluminación y brillo de recuerdos

Kali y su diario dijo...

Es mi primera vez en tu blog. te obtuve de Etterna Tanay Gittana.

Aqui me tendrás muy seguio!

Gittana dijo...

ups! que fuerte!! acaso no te dió cuenta lo que hacias con ese cuchillo tan brillante???

Gittana dijo...

kali! te encontre!!!

Gittana dijo...

perdón... no quise tomar tu blog de chat...

George dijo...

jaja, no problem Gittana