viernes 27 de febrero de 2009

raices

tu cuerpo

de planta carnivora

traga la lluvia

que brota del cielo.

jueves 26 de febrero de 2009

Condiciones elementales

... acaso, finalmente, ha comenzado a ocurrir, ¿qué es aquel ruido?, ¿qué es esta incesante voz...?

Durante el recorrido había pensado millones de cosas, las ideas se habían amontonado en su ruinosa cabeza, cientos de ellas, decenas de pequeñas y grandes ideas abarrotando el interior de su cerebro, ocupando todos los nervios, toda la masa cerebral, las neuronas, las venas, las arterías, todas las ideas flotando en el rio sanguíneo, siendo arrastradas por su caudal...

Las neuronas parecen manos, largas y delgadas manos, manos monstruosas, y en medio de cada una de ellas un ojo. Un ojo brillante y desorbitado; quizá una boca culminaría la impresión de ser un monstruo diminuto habitándolo, quizá esa idea le habría dado una razón más para saberse un monstruo.

Y había adquirido la costumbre de hablar solo. Todas las mañanas despertaba y se dirigía a un ser imaginario, le pedía consejos, le daba órdenes, le confiaba secretos, le maltrataba, le amenazaba, le trataba con cariño, le hablaba despacito para que nadie escuche. Y luego reía.

¿Sería una risa normal?, reía con entusiasmo e imaginaba que me encontraba en un bar con una docena de jóvenes igual que él, todos vestidos con motivos y colores diversos, algunos utilizando guantes o sombreros, otros utilizando casacas de cuero y otros con chompas aburridas. Él sólo reía. Reía solo.

Y luego debía cubrirse el rostro porque temía que le viesen, temía que no solo le viesen, sino que especulen sobre su condición. Entonces prefería esconderse, cubrir su rostro con ambas manos o levantando un poco la chalina y cerrando los ojos con fuerza. Y desaparecer.

Aquello era lo primero que pensaba cuando despertaba cada mañana y lo último en su pensamiento cada noche. Quedaba dormido pensando en la manera correcta de hacerlo, el momento adecuado: tiene que ser un día cuando no haya luz, cuando la mayoría esté durmiendo, entonces yo también dormiré, pero no despertaré, entonces me encontrarán dormido, me creerán dormido pero no lo estaré, me tocarán y descubrirán la verdad, habré desaparecido.

Pero no podía hacerlo. Tenía demasiado miedo para siquiera intentarlo, para siquiera comenzar su plan. Se había roto algo dentro de él y pronto no soportaría más.

Esa noche lloró sin escuchar las voces, y por un par de horas, estuvo a salvo de si mismo.


domingo 22 de febrero de 2009

Monstros y Sonrisas (Vol 07)

Es la última hora de clases, Jazmin ya ha alistado su mochila y solo espera el sonido de la campanilla para, al fin, salir a la calle y perderse en la muchedumbre de la calle. La espera hace que la última hora sea interminable.

Durante la noche mi padre me lee historias que se me antojan divertidas. Pienso en Gulliver y quiero ser un gigante.

Luego, el fin de semana inventé un nuevo dulce al que llamé Patito Feo. Pocos se atrevieron probarlo. Entonces descubriría el poder del marketing, en fin. Aquellos dulces de nombre extraño los tuve que comer todos. Y enfermé. Y cuando se lo conté a Jazmin, se rió tanto que por fin tuve que alejarme molesto, ¿se estaría burlando de mí? Luego me llamó y dijo que quería un dulce pero ya no tenía ninguno.

Despierto de madrugada, asomo la cabeza por la ventana y veo a los duendes jugar en el jardín de la casa. Quisiera saltar, correr y jugar con ellos, pero la ventana queda demasiado alta, desde un segundo piso, y podría romperme algún hueso. Solo los miro correr, esconderse tras los arbustos, los escucho reírse a carcajadas. Padre entra en la habitación y exige que regrese a dormir, dice que me estoy riendo demasiado fuerte y los vecinos se están quejando por el ruido. Le explico que son los duendes dientones los que están corriendo en el jardín y que son ellos quienes se ríen escandalosamente. Padre se asoma por la ventana. No ve a nadie.

Regreso a la cama.

Esta vez, este día, durante la tarde, Jazmin me ha dado un beso en el cachete. No recuerdo que otra niña me haya dado un beso en el cachete. Ya no puedo dormir.j


viernes 13 de febrero de 2009

Poema

Permanece a mi lado cuando se apague mi luz

y la sangre se arrastre

y mis nervios se alteren con punzadas dolientes

y el corazón enfermo

y las ruedas del ser giren lentamente

 

Permanece a mi lado

cuando a mi frágil cuerpo le atormentes dolores

y alcancen la verdad

y el tiempo maniaco siga esparciendo el polvo

y la vida furiosa sigua arrojando llamas

 

Permanece a mi lado

cuando vaya apagándome

y puedas señalarme el final de mi lucha

y el atardecer de los días eternos

en el bajo y oscuro borde de la vida.


Alfred Lord Tennyson


PD: Para ti J.


jueves 12 de febrero de 2009

Altura

Habría saltado.

Lo habría hecho si no aparecía muy cerca de él un ángel.

Pero él no creía en ángeles, los aborrecía, solía decir que eran aves sin pico, entes que no tenían nada que decirle. Precisamente a él que había pensado en saltar desde hace mucho tiempo.

La segunda semana del mes de diciembre lo había planeado con calma, con la misma calma y frialdad que se tiene para vestirse o lavarse el rostro. Sería desde aquel edificio, alto y hermoso, que miraba desde el segundo piso de su oficina.

Conocía al conserje que lo cuidaba y le había convencido de que le prestase las llaves por un par de horas “es para llevar una hembrita pe choche...” le había dicho, pero la realidad era cruel y lo que había hecho era duplicar el juego de llaves para él. Si alguien le veía le diría que estaba de inspección, y que terminaría muy rápido. Pero ello no fue necesario, no se cruzó con nadie, y mientras caminaba por la desolación del interior del edificio se había detenido a pensar en Ella, la chica de rostro redondo y bonitas piernas a la que admiraba, absurdamente, en secreto, ¿qué pensaría de él ahora?, seguro lo vería reducido a una cosa minúscula, un algo patético que deambulaba como un fantasma, quizá se habría reído. “Mejor deja de pensar y continuar con el plan...”

Pero no era Ella la razón que le llevaba a lo alto del edificio. Solo quería saltar. Y lo habría hecho si no se hubiese aparecido el ángel.

¿Y cómo sucedió?

Se encontraba en lo más alto, de pie sobre la cornisa, miraba hacía el vacío y pensaba en que volaría. Intentaría de no pensar que caída sino que volaba, que en los pocos segundos que permanecería en el aire sería como un ave, irónicamente, como un ángel.

En ese momento se apareció, el ángel le había hablado, le había preguntado su nombre y le había dado las gracias por cruzarse con él en ese mismo momento porque necesitaba hablar con alguien.

Cuando escuchó la voz, no volteó el rostro para ver quien le hablaba, pero apenas aquella persona (es decir el ángel) le había dicho “gracias por todo...” él decidió voltear y no vio a nadie, solo la terraza vacía y solitaria, como una enorme salón que llevaba como techo el negro firmamento.

Entonces ya no saltó, ya no tuvo valor para hacerlo.

El ángel le había detenido.

viernes 6 de febrero de 2009

Naufragio

Asesíname en el vértigo.

La caída en el abismo. Se desprende aquello que no somos, lo que nunca seremos; las huesudas ilusiones cayendo en el hermoso abismos, ocultándose en bosques frondosos, incinerándose en hogueras falsificadas. Los hogares oscuros que habitamos. Habitaciones, almohadas violetas, rosas desperdigadas para el deleite de las aves. Su picoteo acelerado y salvaje.

Ahórcame en silencio, deshazte de mi cuerpo sin vida, de mis manos de muerto, de mi hedor a cadáver. Mírame. Bésame. Ódiame. Devórame sin piedad.

Sobre el suelo se arrastra mi destino, la ira; mi cuerpo se envuelve de risa enloquecida, de placeres innombrables. Y aquella sombra gruñendo, atacando la cima de los árboles, despojándoles las ramas, asesinándole lentamente, asfixiándole, devorándole. Besándole. La mujer serpiente, el niño ángel sollozando, los ancianos demonios deambulado como sombras, como fantasmas o como perros. El dolor, la muerte, la vida. La respiración que se escabulle de tu boca.

Adórame sin palabras. Grita.

Las sábanas revueltas recuerdan que las palabras no nos sirven. Aquello que somos, aquello que llevamos sobre nuestras espaldas. Aquello de lo que huimos sin huir. La soledad curadora, el silencio espectral, el viento alborotando tu cabello, sacudiendo con furia mi ropa. Asesíname. Ámame. Y recuerda.

Amanece en esta casa vacía. No ofrecerte nada, ni siquiera una quimera, apenas un deseo, el insignificante halago de la compañía. Observar absortos el abismo, disfrutar de la caía. Abrazarnos. Tocarnos como los seres abstractos que somos, como acercarse en la imaginación de ambos, soñar, despertar de madrugada. Dejar de dormir, dejar de pensar, abrazarse al abismo, a lo único que nos queda en el mundo, aferrarse a las calles vacías, a contener las lágrimas a pisotear el mundo, a dominarlo con nuestros poderes de brujos, hechiceros rondando el cielo y la noche.

Quiéreme. Extráñame.

El firmamento negrísimo, el incendio en los ojos. Amarte aun sabiendo que existe una forma de evitarlo. Huir, despojarse de aquello que se llama cuerpo, arrancarse el corazón, un puñado de arterias, un manojo de venas y de sangre coagulada. Ofrécelo. Adorméceme, asesíname.

Témeme.

domingo 1 de febrero de 2009

Clandestino

Aunque delgada, Jazmín tiene bonitas piernas. Me gusta mirarle, me gusta verle siempre que puedo.

Almorzamos juntos cada cierto tiempo. Nunca planeamos nuestros encuentros. Solo el lugar y la hora están definidos.

Siempre es en el mismo restaurante, a las dos de la tarde con catorce minutos, cualquier día de la semana. Pero nunca nos esperamos, nunca sabemos que día irá el otro. No. Así lo hemos convenido, es nuestro juego, es nuestro encuentro aleatorio y fortuito.

La primera vez, hace varias semanas, fue que nos vimos. Se acercó a mi mesa y pidió sentarse en ella ya que no había otro lugar en donde acomodarse. Le dije que no había problema, que se siente. Y lo hizo. No hablamos nada. No teníamos por qué hacerlo. Nada nos vinculaba en aquella oportunidad, nada nos vincula ahora.

Hasta la siguiente semana en que, esa vez, fui yo quien se acercó.

Lo único que nos enteramos el uno del otro fue que el condimento de ese restaurante nos gustaba a ambos y por esa razón es que regresamos siempre.

Así fue que comenzamos a esperarnos.

Nunca hablamos de nada personal. Ni de trabajo, ni de familia, ni de amigos. Ni siquiera nos decimos la verdad sobre nuestras vidas. Solo estamos allí para mentirnos.

Cada vez que nos encontramos nos decimos mentiras, nos inventamos infinidad de historias que ninguno se preocupa por interpelar.

Como aquella vez que dijo ser madre de siete hijos, que estaba separada de su marido y que estaba en Lima visitando a su hermana, que siempre venía a visitarla cada cierto tiempo. O como aquella otra vez en que me contó que trabajaba bailando en un club nocturno y que se pagaba las clases del instituto de esa forma. También me contó, en otra ocasión, que en realidad era una hechicera, que era inmortal, que conocía tantos secretos que nunca le creería si me las contaba. Pero ¿qué creer?

Yo le contaba que había huido de casa, que casi no recordaba mi pasado, que no quería recordarlo, que prefería olvidarlo y que buscaba mi destino con una bella mujer que me ame desproporcionadamente. O le decía que pronto emprendería un viaje muy largo del que tal vez nunca regrese. O le decía que era un policía que estaba vigilando la casa de enfrente, pero que luego de conocerla mi misión había terminado y que aquel lugar me agradaba y por eso regresaba.

Quién sabe cuánto tiempo más pasó hasta que por fin, una tarde, nos cruzamos fuera del restaurante.

Jazmín vestía un pantalón marrón y una blusa blanca de mangas cortas. Nos quedamos mirando por varios segundos, siete o diez, no lo sé. No dijimos ninguna palabra. Solo nos quedamos parados en mitad de la calle, junto a un cajero automático dónde las personas se amontonabas para retirar dinero.

Le cogí la mano. Ella avanzó y nos abrazamos como dos viejos conocidos que se reencuentran, se reconocen y se extrañan, y se buscan.

Pero nosotros no nos buscamos, ni nos esperamos. Apenas nos mentimos clandestinamente. Apenas nos vemos en un antiguo restaurante donde los mozos ofrecen un mal servicio pero dónde la comida es buena.

Nos besamos como si fuésemos un par de amantes que aprovechan los pocos segundos que tienen libres, lejos de los ojos de las multitudes, envueltos en una multitud que nos les reconoce.

Y entonces algo sucedió.

La vida regresó a la normalidad. Nos separamos.

Dejamos de cruzarnos.