jueves, 30 de abril de 2009
palabras
martes, 28 de abril de 2009
Madrugada
Yo no sé qué hago despierto tan temprano; son apenas las 4 de la mañana y he vuelto a despertar invadido por una extraña asfixia. No importa qué día se trate, desde hace más de seis meses siempre he despertado de la misma manera: de golpe, percibo con los ojos abiertos la oscuridad y, lentamente, descubro que estoy en mi habitación.
Generalmente me quedo dando vueltas en la cama.
En poco menos de dos horas sonará el despertador; yo, lo esperaré y ahogaré su alarma al primer intento.
Me gusta esta paz; fuera, no se oyen ruidos molestos y, haciendo un esfuerzo, se puede escuchar el viento, incluso se puede escuchar el caminar del sol rumbo al crepúsculo, aunque en realidad, debo confesar, prefiero mirar el ocaso y, más que mirarlo, percibirlo, sentir el chisporroteo de las últimas luces apagándose y luego la oscuridad y el desvanecimiento de los sonidos.
La habitación continúa negra, o con sombras, me ha costado un poco acostumbrarme a la luz del computador. A veces se oye el ruido que hacen las bocinas de los panaderos ¿tan temprano ya están en la calle?
No importa la hora que me recueste a dormir, siempre despierto demasiado temprano, ¿qué hago a esta hora de la madrugada? Supongo que los especialistas le llamarán insomnio, mal de ojo, embrujo o hechicería, no lo sé.
Las ventanas han clareado un poco, el frío se siente bien, me he quitado el alma para apreciar mejor la naturaleza ¿qué naturaleza puede haber a esta hora de la mañana?
Les voy a contar en lo que estoy pensando.
Pensaba en J., en cuanto la quiero y en cuanto haría por ella. Es porque J. es lo primero que aparece en las mañanas, J. es el insomnio y las madrugadas, J. es las mañanas frías, la luz del sol estrellándose en las ventanas, J. es el ocaso y la noche negra, J. es el olvido, J. es un hada azul de cabello naranja, las manos como cuchillos, J. es la muerte de mi alma.
¿Qué hago despierto a esta hora de la madrugada?, son apenas las cuatro, queda mucho por hacer.
miércoles, 22 de abril de 2009
poesia
este cuerpo de arterias;
¿dónde están las palabras?
¿dónde la muerte lenta?,
¿dónde el silencio cómplice?,
¿dónde el rostro severo e insondable... ?,
¿acaso el ocaso me desvanece?,
¿acaso el vientre de la noche me habita?
mil destinos me persiguen,
mil devoradores de hombres y de bestias
¿acaso este cuerpo es el que habito?,
¿acaso el crepúsculo es mi madre?
mil rostros dibujan
esta manía de hacerme noche,
de hacerme bestia y garabato.
¿acaso el silencio me encierra
en este cuerpo de bruscas manos?
¿quién, entonces, con sigilo pregunta?
¿acaso la piedra húmeda?
¿acaso el cielo infinito?
¿acaso el infierno de los desterrados?
viernes, 17 de abril de 2009
Maria
Tendría 19 años cuando conocí a María. Ella era delgada y con un increíble complejo por su delgadez, lo cual era raro pues, hasta dónde llega mi capacidad de compresión, las mujeres siempre quieren ser delgadas. Pero María no era flaca, era simpática y agraciada, de risa fácil, los ojos marrones y habladora.
Mantuvimos una amistad muy curiosa; tocábamos la guitarra muy mal y nunca terminamos el curso y tampoco nos presentamos al examen final que consistía en un recital "Si la reina de España muriera...". El día que se fue me dictó su número y me dijo "cualquier cosa que quieras, solo llama". Yo le creí.
La llamaba cada cierto tiempo, algunas ocasiones la visitaba en su casa y su mamá nos servía gaseosa con galletitas; otras ocasiones María me visitaba para que le de clases, ya sea de economía o de matemáticas. Nunca fuimos al cine o a comer, por esos años salir de paseo era un lujo que pocos podían darse, vivíamos a la sombra de nuestros padres, bajo sus reglas y del dinero que pudiesen regalarnos; en su lugar la invité a un baile en mi facultad.
Digamos que la rutina continúo por algún tiempo sin que gran cosa en nosotros cambiase, aunque sabíamos que todo había cambiado.
Algunos meses después, una tarde, la llamé y me dijeron que demoraría en llegar, en la noche volví a intentar hablarle y me dijeron que ya estaba durmiendo. A la mañana siguiente marqué su número y respondieron, luego de una larga pausa, que ya se había ido a la Universidad.
No sé bien por qué, pero no la volví a llamar en siete años; ni yo a ella ni ella a mí. En todo ese tiempo no nos volvimos a ver ni por casualidad.
Recuerdo que el aire acondicionado de la oficina estaba malogrado y se sentía un poco de bochorno, pese a que era invierno. "Cualquier cosa que quieras, solo llama". En los últimos siete años, el corazón me lo había aplastado en dos ocasiones, y había atravesado una de mis grandes crisis de las que me reponía a fuerza duchas heladas y constante café al que terminé adicto. Digité el número de su casa; curiosamente nunca lo he olvidado, ahora mismo lo recuerdo y lo leo mentalmente.
- ¿Alo?
- ¿Si, quién habla?
- Buenas noches, señor, se encuentra María.
- ... quién le llama...
- ¡Ah!, mi nombre es Jorge, soy un amigo de la Universidad
- Ya...
- ¿Se encontrará?
- No, está de viaje.
- Ah carambas y, ¿cuándo está regresando?
- Mmm – silencio – ya no vive aquí, se ha ido...
Ya no tuve el valor para preguntarle dónde vivía o si había forma de comunicarme con ella, le di las gracias y colgué. Indagué, por otros medio, y logré averiguar que se había casado con un español y que vive allá, en España, en una provincia pequeña a cuatro horas de Barcelona (¿o era de Sevilla?). Necesitaba hablarle, necesitaba hablar con quien sea, solo hablar, contarle, por ejemplo, que esa mañana había desayunado un café con leche y pan con mermelada, sentí la espantosa necesidad de estar sentado en una mesa con María, bebiendo un café.
Casi nos veíamos, ella contándome sobre la nueva tierra que le había acogido, de su nueva vida y yo, preguntándole si había aprendido a tocar la guitarra, porque yo no lo había logrado... ¡Dios!, necesitaba hablarle, escuchar su voz.
Y ahora, en este instante, cuatro años después de aquella última llamada, no puedo decir que la extraño, no, no la extraño, apenas visualizo su cabello negro pero no logro enfocar su cara y, sin embargo, no puedo olvidar el número de su casa, 487-2092. Sin darme cuenta, cada cierto tiempo repetía ese número en mi cabeza y me arrastran los pensamientos "cualquier cosa que quieras, solo llama" yo le creí.
.
martes, 14 de abril de 2009
Breves
sábado, 11 de abril de 2009
olvido
De chiquito solo le contaban historias de muertos y cuando cumplió treinta y dos años pensó, y lo creyó firmemente, que en poco se moriría de una enfermedad cruel y salvaje que le haría agonizar por un breve período en una cama de hospital o, peor aun, en su propia cama. Sin embargo, nada de eso sucedió, al contrario vivió mucho tiempo, tanto que incluso olvidó de cuando era chiquito y de las historias que le contaban para que se duerma, pero él poco dormía, ni siquiera cuando cumplió treinta y dos años, pues tenía miedo, miedo de morirse solo y sin nadie que le acompañe. Entonces, inesperadamente, se había enamorado de una chica flaquita y de nombre Jazmín y cada día y cada noche pensaba en ella y le escribía poemas y soñaba que se veían a escondidas, cerca de las escaleras a dónde a todo mundo se le había prohibido acercarse por tratarse de una escalera escalofriante que solo inspirata las más rebuscadas historias, pero se veían a escondidas. Y así vivieron muchos años juntos, tantos que un día, ya de muy viejo, descubrió que Jazmín ya le había abandonado y se había casado con otro hombre y que ya no le recordaba y, entonces, él pensaba en cuando era un pequeño a quién le contaban historias fantásticas que nunca podía olvidarse hasta cuando cumplió treinta y dos años y se dio cuenta que su vida sería contar historias y entonces, en ese instante, su vida cambio mucho, tanto que un día no tuvo más historias que contar...
fuga
Quizá se trató de una conspiración de dios, quién lo sabe, pero sucedió.
Como si se tratase de una mala película de Hoolywood, sucedió.
Él iba cruzando el pasillo, a punto de voltear una esquina, mientras ella, caminaba justo hacia el mismo lugar solo que en sentido inverso y, entonces, se estrellaron.
Uno contra el otro. Claro, él era más pesado y a la pobre ella, la aventó al piso, aturdida y avergonzada, con dolor de espalda, brazo y cabeza, a lo que él se apresuró a levantarla y a deshacerse en disculpas que de poco le valieron ya que ella le gritó "eres idiota o te haces..." y sin qué él lo viera, ella le zampó una sonora cachetada, entonces él salió corriendo.
fin.
martes, 7 de abril de 2009
Hombre
La sabiduría popular le denomina “loco”.
Si lo miramos desde atrás no le veremos la cabeza ya que la baja tanto que no se le puede ver, y si lo pensamos más, nos daremos cuenta que sus ojos tendrían que estar siempre mirando el suelo por lo que caminar se le haría muy complicado; sin embargo el hombre camina tambaleante pero seguro.
Cuando lo hace, arrastra consigo tres bolsas inmensas rellenas de quién sabe qué. Su paso es lento y se pueden oír el frotar de sus viejos zapatos en el suelo. Lleva una sucísima camisa a cuadros que alguna vez debió poseer colores vivos y hermosos, el pantalón sujeto con una cuerda y sus manos, qué imagino artríticas, se aferran a sus bolsas como si se tratasen de tesoros valiosos.
Lo increíble de esta historia es que no importa el día del año que sea (aunque ello no me consta porque no le he vigilado exhaustivamente), el hombre siempre comienza a cruzar el parque a las 6:48 a.m. ¿Cómo lo hace?, ¿Qué le dice la hora exacta en qué debe comenzar a cruzar el parque?
Se prepara, incluso, para el paseo, da dos vueltas sobre sí mismo y a la hora señalada comienza a andar. Cruza y luego desaparece entre lo inmensos árboles que crecen al otro extremo del parque y luego se pierde en la distancia.
Confieso haber sentido el deseo de seguirle, pero ustedes saben que las obligaciones laborales no permiten ningún tipo de tolerancia a la tardanza, entonces debo regresar a casa, alistarme y salir a la oficina, la entrada es a las 8:30 a.m. en punto.
Al llegar a mi edificio cruzo el inmenso vestíbulo hasta llegar al reloj marcador y por allí deslizo el pase de acceso y desaparezco entre las plantas artificiales dispuestas en bellas macetas que adornan la estancia.
lunes, 6 de abril de 2009
Agua
En la penumbra de la noche, despierto agitado por un extraño sueño.
Ninguna pesadilla me ha acompañado en la madrugada, ningún ser viviente me rodea.
Silencio. Autos lejanos, perros ladrando, un cadáver reciente.
Canto para no sentir miedo, para ocultarlo con el sonido de mi voz, susurro letras ya olvidadas por los mortales. Las sombras sobre las paredes danzan animadas por el viento y por la melodía de mis canciones.
Silencio, silencio. ¡Silencio!
Arrastro los pies por el piso de tierra, siento el aire frío entrando por las grietas de las paredes. El rugir de los motores y las luces destellan mágicas en toda la casa, se materializan y luego se desvanecen. Entonces la oscuridad es preciosa.
Sorbo el agua que fluye de la cañería.
Regreso a dormir.
sábado, 4 de abril de 2009
Paz
La última vez que dormí tranquilo, sin ese horrible dolor dentro de los huesos y sin ese calor pegajoso que todo lo ahoga, fue una noche en que no dormí en casa.
No suelo dormir fuera de casa. De dondequiera que esté siempre regreso a casa, así sea muy tarde, y me recuesto con la ropa para dormir aunque sea por cinco minutos; luego me levanto, desayuno y continúo con mi vida.
Decía, aquella última vez, no dormí en casa, y apenas si dormí. Pasé la noche en una habitación mucho más grande que la mía, con una compañía que, en ese momento, se me antojó perfecta. Solo nos recostamos y hablamos abrazados sobre el frío de esa noche y de cómo iba cambiando el clima, oímos a los pandilleros enfrascarse en una pelea mortal y, luego, las sirenas de los patrulleros acercándose, el reventar de las balas y los gritos de algunas mujeres. Luego se fueron. Silencio.
Cinco días después, aquella relación había terminado. Solo había soportado la minúscula suma de veintisiete días. No quedó nada, ni siquiera una despedida.
Patéticamente, dejé de creer hasta en lo más elemental de la vida, "pero, no seas gil, seguro era una loca, estoy segura que era una loca..." me decía una buena amiga a la que poco le creí y de quién me alejé por motivos qué no vienen a cuento.
Sin embargo, esa infame noche, allí mismo, descubrí la verdad sobre mí. El destino me había abierto los ojos y se había trazado sin que lo advirtiese; de pronto, todo estaba demasiado claro; tanto, que me costaría demasiado explicárselos. La verdad incólume se había revelado ante mí y se abría como una flor joven y bella.
Muchos años después, hoy, precisamente ahora, aquella claridad continúa vigente, nada la ha opacado, nada ha hecho que se desvanezca y, al contrario, poseo muchas más certezas que desde aquella noche silenciosa. Y de aquella persona que se cruzó en mi vida, no quedó más que el tenue susurro de su recuerdo.
Vida. Si.
Ahora estoy más vivo que nunca, mucho más cuerdo y sensato, mucho más lleno de interminables situaciones a las que podría nombrar como “infelizmente felices", como las que ahora me provoca J.
J. es alta y delgada, de ojos serenos y manos firmes, el cabello naranja y el aura de un hada; el solo hecho de atravesarse delante de mí es suficiente para estremecerme y hacerme girar la vista hacía donde ella camina. La busco y la espero. Y nada nos une. Hablamos dos o tres palabras sin significado, algunas quejas sobre nuestras labores y obligaciones diarias, algunas frases partidas por la mitad y uno que otro paseo por las calles calurosas. Le pregunto si hoy será el día en que podré verla, "hoy no puedo pues, pero mañana si... te lo prometo...", me miente indistintamente a cualquier hora del día. Pero ese mañana nunca llega porque siempre existen ocupaciones mucho más urgentes y más inmediatas.
Lo que sea que haya dentro de mi -en el fondo de mi ser- se hincha de esperanza, el solo hecho de pensar que mañana podría ser un mejor día me anima y puedo respirar un poco más, inflar los pulmones, abrir la boca y decirle que la esperaré, que siempre la esperaré, así otras mujeres se crucen en mi vida y J. se dedique a romper muchos más corazones, yo la esperaré. “Los corazones sirven para romperse”, pienso, “pero no se puede romper lo que ya está roto...” concluyo.
Algunas noches logro dormir unas horas, otras, apenas unos minutos, pero ya no importa. Igual la quiero, incomprensiblemente la quiero, descabelladamente la quiero.
viernes, 3 de abril de 2009
Planta
Esperé con ansia el amanecer, corrí desesperado hasta su oficina, la encontré vacía y me escabullí dentro.
Hace muchos años, solo me bastó apenas un instante para saber que la quería. Y que la querría siempre que pueda. No importaba si rehúye o desaparece. No.
"No es más que una planta", pensé, pero cuando J. dijo "gracias... está muy bonita... ", con el agradecimiento tan auténtico, me hizo sonreír por una semana entera, incluyendo las noches y las horas de trabajo.
Puedo decir que nunca me había sentido tan contento como aquella semana. Es por eso que es mail empalagoso es para desahogarme de mis iras y de ese vértigo que ahora me inunda.
No importa, entonces, que la planta comience a morirse por falta de agua o lo que sea. ¿Quién cuida las plantas en estos tiempos?
Aun así, si no la quisiera ¿qué podría hacer?, simplemente no podría continuar en esta vida.
.
jueves, 2 de abril de 2009
Cuaderno
¡Obtén la mejor experiencia en la web!< Descarga gratis el nuevo Internet Explorer 8. http://downloads.yahoo.com/ieak8/?l=e1




